La Liberación



Durante la semana anterior nos había señalado en reiteradas ocasiones que quería volver a salir. Ese día domingo por fin dejó de llover y se asomó un arcoíris. Teníamos que aprovechar esa ráfaga de luz para que saliera. Con mi hermana la tomamos en brazos y subimos a la silla de rueda, pero no nos atrevimos a sacarla de la casa… si bien había sol el frío no daba tregua. La abrigamos y dejamos en el ventanal mirando hacia el antejardín.

Te quedaste mirando fijamente…me puse a tu lado y nunca había visto una expresión tan seria en tu rostro…me dolió tanto ese silencio que preferí dejarte sola y tranquila con tus pensamientos. Me senté más lejos, que no me vieras, mientras yo te veía ahí en la silla, siendo una madre tan nueva para mí. Después de un rato de contemplación quisiste regresar a la habitación… ya te habías saciado de las flores del jardín.

Aún no querías dejar de luchar. La semana anterior, en vista de su buena energía, habíamos acordado que esta semana comenzaría terapia con kinesióloga para ayudarla a recuperar alguna movilidad. Le pregunté insistentemente si era algo que quería hacer y respondió convencida que si eso la podía ayudar quería hacerlo.

La kinesióloga vino el día martes y le realizó distintos ejercicios. Mientras la movía, a mi madre le dolía cada parte del cuerpo. Yo desde la puerta le preguntaba en cada momento si quería continuar…a ella le corrían las lágrimas, pero seguía. Y mientras te veía haciendo este nuevo esfuerzo, me preguntaba por qué lo hacías, para quién lo hacías…entendía que esa eras tú.

Luego de esa visita, quedó muy cansada y los días siguientes estuvieron marcados por su llanto. La encontrábamos en distintos momentos del día con lágrimas en sus ojos. Ese día le preguntamos qué pasaba y con dificultad nos explicó su necesidad de hablar con nosotros tres, sus hijos. Nos conectamos con mi hermano por videollamada y nos pusimos en su cama. Si bien no era capaz de decir muchas cosas, entendimos que necesitaba que le aseguráramos que seguiríamos juntos, unidos. Hablamos los tres y cada uno le hizo la misma promesa...mamá nos seguiremos cuidando. Mi madre se calmó, nos agradeció y durmió el resto de la tarde.

Las noches se ponían más duras. Ya llevábamos un par de semanas dejándote dormir con una tenue luz encendida. Nos decías que te daba miedo…y sí, a todas nos daba miedo la oscuridad de la noche…esa lámpara nos alumbraba, para no perdernos, no perderte. Mi hermana durmió todo el tiempo a su lado, levantándose cada vez que mi madre se angustiaba, cada vez que necesitaba incorporarse…mi hermana no dejó de contenerla.

El miércoles despertó muy temprano, con una pena muy grande, no dejaba de llorar…le preguntamos y dejamos tranquila…entendimos que sólo necesitaba llorar. Nos estaba afligiendo verla de esta manera, con sus dolores a flor de piel, sin poder explicarnos mucho en qué pensaba, pero imaginado que era tanta vida vivida.

En la visita semanal del médico le comenté de mi angustia…necesitaba saber qué más se podía hacer para que no sufriera…tenía el secreto deseo que no sintiera, porque me dolía ella, me dolía yo. El médico nos habló de los procesos y de lo importante que era que mi madre atravesara sus propios dolores…y sí, yo lo entendía y compartía, pero la pregunta que me acechaba era cómo se acompaña un dolor desde otro…

El médico, como siempre, entró a hablar solo con mi madre y al salir nos comentó que le había dejado una pregunta para que la pensara hasta la siguiente semana. Luego de su partida me fui a la habitación de mi madre. Yo no podía esperar hasta la otra semana, necesitaba en ese momento saber cuál fue la pregunta y conocer su respuesta.

Mi madre me explicó que el médico le preguntó qué es lo que quería hacer y me respondió que ya no quería nada más, que quería descansar. Apretando los dientes indagué en qué significaba eso y le pregunté si es que quería seguir con la kinesióloga. Mi madre tomó aire y me dijo, ya no quiero hacer nada más. Tomé aire yo, para no decirle que siguiera, para no decirle que luchara un tiempo más, y en cambio le dije, que respetaba su decisión. Mi madre con su templanza me dijo las últimas frases cruciales: es lo correcto, es lo que hay que hacer, por nosotras… le refuté y recalqué que esto era por ella… me refutó de vuelta y enfática me dijo, esto es por nosotras…


Mi madre quería liberarse, quería mi liberación...nos empezamos a soltar cuando sentimos que el quedarnos dolía más.

El jueves vino mi hermano y sobrina desde Santiago y pasaron una tarde acompañándola mientras ella dormitaba. El resto de la semana comenzó a ser nuevamente más silenciosa…sólo pedía que dejáramos su puerta siempre abierta…quería escuchar nuestras voces desde la habitación.

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