El Receso




Habíamos terminado el día sábado contentos por las visitas de mis sobrinas, pero en la tarde mi madre se notaba muy cansada, por lo que le sugerimos que se durmiera temprano. Preparamos la pieza como cada día, sacando sillones y acomodando la cama provisional de mi hermana junto a la de ella…apagamos la luz y salimos de ahí.

Cuando ya todos dormían mi hermana me fue a buscar a mi habitación y muy despacio me dijo: hermana parece que se nos va…me levanté raudamente con el corazón a mil. Al llegar a su pieza ella permanecía con los ojos cerrados y con la respiración muy lenta y su cuerpo muy helado.

Nos miramos con mi hermana y sin decirnos nada nos sentamos cerca de ella a contemplarla…era un ritual silencioso y sagrado. Recuerdo que sólo me repetía que esto no podía estar pasando y menos así, de esta manera. Me sorprendía ella, la muerte y me sorprendía yo, en este acto de sólo observar y respetar lo que ahí ocurría. En ese momento ella se convertía en algo más grande que mi madre, más trascendente…

Con una mezcla entre sus niñas y mujeres que éramos no nos movimos del lugar…permanecimos en penumbras. De pronto nos espantó su agitación. Mi madre se despertó bruscamente y nos aclamaba. Rápidamente nos movimos para socorrerla, no sabía muy bien de qué, pero ella nos necesitaba desesperadamente.

Toda sudorosa trataba de levantarse y despojarse de las colchas. Tratamos de incorporarla y ella con toda su fuerza nos apretaba. Después de unos minutos en este vaivén incomprensible notamos que no podía mover su brazo derecho y tenía caído un lado de su rostro ... .estábamos en medio de un accidente vascular. Era tan distinto verla dormida a estar en esos momentos viendo su desesperación. Llamamos al médico y a nuestra prima enfermera pues necesitábamos ayuda y orientación para saber cómo actuar.

Fue una noche muy larga… seguimos todos los procedimientos y nos la pasamos entre acostar y sentar a mi madre cada vez que ella sentía que se le iba la vida.

Nos fuimos alternando con mi hermana, una para sostenerla desde sus manos y la otra sostenerla por detrás. La dejé caer muchas veces sobre mi cuerpo, para abrazarla…sólo eso quería, sostenerla, contenerla todo lo que fuera necesario…no quería que ese día se fuera, no así, no con esa agitación…estaba haciendo todo para buscar que ella se fuera en paz… no podía ser así…

Amaneció y era un día frío. Llamé a mi hermano para que viniera a verla. Aún no entendía todo lo que había pasado en la noche…no entendía si se iba o si aún se quedaría… pero no quería equivocarme. Mi hermano llegó a medio día y ella tomada de su mano aprovechó de descansar, lo cual también nos permitió a nosotras hacer lo mismo.

Entendimos que después de esa violeta noche durmiera todo el día domingo, sin embargo, empezó a ser más incomprensible que esto se perpetuara por toda la semana…yo la veía en receso….

Los días venideros casi no supimos de ella. pues sólo habría sus ojos cuando la aseábamos. No solicitó comidas ni líquidos y permaneció todos los días acurrucada, dormitando…

Yo durante cada día y hora pensaba que era el final. Recuerdo que cada vez que salía de su habitación la besaba diciéndole que la amaba, que la amaba profundamente, mientras me acechaba el temor de no encontrarla a mi regreso. A estas palabras ella siempre me contestó con un “también te amo”, y así, me confirmaba que ella seguía aquí.

Fue una semana de mucho silencio en mi casa, estábamos en vigilia. Si no estaba con ella en la pieza, me quedaba sentada en el living sin querer hablar mucho…me quedaba sentada en medio de la nada. Tenía la mente atrapada en miles de recuerdos que se me aparecían desordenados, los cuales iba hilando mientras tejía y tejía. Esa semana fue una semana para mirar y estar atenta a cada una de las pocas señales que daba.

Recuerdo que mientras la abrazaba le comencé a contar historias de cuando ella era joven, le hablé de sus padres y de lo felices que estarían de recibirla. Era mi intento desesperado por saber a dónde y con quién se iría, quién la seguiría cuidando. Así también, le repetía cada vez que la acariciaba que ya era tiempo que se quedara tranquila, que ya estaba todo hecho y que descansara…de fondo le ponía música de relajación.

Fueron muy pocas sus palabras todos esos días, pero las justas para entender que estaba transitando. Me fue hablando que se iría de vacaciones y al finalizar esa semana nos señaló que la estaban esperando. Con mi hermana, como niñas curiosas le preguntamos que quién la esperaba y nos contestó: mi papá.

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