La Fortaleza



Una de las características de mi madre era su fortaleza, marcada por una tremenda capacidad para enfrentar situaciones difíciles. 

El mensaje que nos enviamos en la mañana lo confirma, pues ante mi pregunta de cómo estaba me respondió: Trato que no de pena, ante lo cual le escribí:  No aguantes, porque te puede dar toda la pena del mundo....y si tenemos que llorar mil veces lo haremos, ella cerró esta conversación diciéndome:  ¡Si! Pero estaré bien.

Y así comenzó una nueva semana, tratando de estar bien, pues aún tenía mucho que hacer.  Estaba muy entusiasmada con la llegada de su nieta mayor en los próximos días, quien iría a acompañarla y cuidarla. Hace mucho tiempo que no la veía por la pandemia y la extrañaba mucho. 

Mientras esperábamos la llegada de mi sobrina intenté retomar la rutina de traerla a casa, pero me respondió que no podía porque le tocaba lavar la ropa.  Detallo esto que parece una trivialidad, pero lo señalo porque a ratos cada una de esas respuestas me sorprendían. No dejaba de pensar en cómo tenía cabeza para seguir haciendo sus quehaceres. Pero estaba claro, esas cosas también eran parte de la vida y ella estaba decidida a continuar.

El segundo día de esa semana se quedó compartiendo con su hermana y pasaron la noche juntas. Yo recién fui a visitarla por la tarde. Ese día nos sentamos en el living, mientras ella intentaba terminar un tejido para las niñas. La noté desorientada, como no sabiendo qué hacer con los palillos. Quise pasar esto por alto, así como también, su dificultad progresiva para tomar los cubiertos. Yo iba notando su confusión, pero me dolía en el alma que ella lo notara. No quería entrar aún es en esos detalles, yo aún necesitaba hablar con ella, así como lo habíamos hecho miles de veces.  

Le pedí que me contara cómo se sentía, no podía creer que sólo yo pensara en que se nos acortaba el tiempo. Con voz tranquila me habló que no tenía miedo, que ella creía que había otro mundo y que la vida no se terminaba acá. Me habló que su mayor dolor eran sus nietas…no quería verlas sufrir y que sólo le daba penar no tener mucho más tiempo para verlas crecer. También me habló de cada uno de sus hijos y nietos, pero no pudo hablar de mí mirándome a la cara, yo lo entendí y sólo me dediqué a escuchar. 

Antes de finalizar la conversación le pedí que me hiciera una promesa, creo que fue mi única petición. Le pedí que dónde quiera que ella se fuera, desde ese otro lugar, no me dejara nunca sola, que por favor me siguiera acompañando cada día. Me dijo que eso era obvio, que tendría noticias de ella y que no me iba a abandonar....terminamos con una sonrisa.

El miércoles amaneció muy contenta pues en mi primera llamada de la mañana me cuenta que ya había llegado su nieta mayor. Vi su cara sonriente y llena de fuerzas. Por esos días ella hizo todos los esfuerzos por revivir antiguas formas de encuentro. Rápidamente organizamos una piyamada para que estuviera con sus tres nietos, así como lo habían hecho muchas vacaciones, o cualquier fin de semana largo.

A esas alturas sus dolores eran más grandes, pero con paciencia esperaba que el medicamento le hiciera efecto, pues por nada en el mundo iba a echar para atrás los planes.  Sólo algunas cosas de los ritos habituales se modificaron. Ya no estaba de pie dando vueltas por toda la casa, ordenando una y otra vez, ya no bailaba por las mañanas, no, ahora necesitaba estar gran parte del día acostada.

Y ahí estuvimos, con ella en la cama, rememorando historias y ayudándola a recordar puesto que en esos días comenzaron sus problemas de memoria, sobre todo a corto plazo. Sus nietos se encargaron de recordarle ideas y ayudarla a terminar las frases que quería decir. 

Mi madre se daba cuenta de su dificultad, pero entre ella y nosotros nos tomamos esto con humor y si de algo no se acordaba finalmente nos decía: bueno, mañana me acordaré. Sólo cuando estábamos solas me pedía que le explicara qué le estaba pasando, me preguntaba por qué no podía recordar todo. Le advertí que podían ser los medicamentos puesto que podían generar esa desorientación, y si bien sabía que eso era posible, comenzó en mí una preocupación mayor ... me temía estar viendo cómo iban apareciendo signos de deterioro cognitivo, los cuales, para mi gusto, eran demasiado rápidos. 

Esos días estuvo muy conversadora y risueña, le encantaba que estuviésemos ahí, acompañándola. Uno de esos días, las niñas salieron a caminar luego de varios días de encierro. Nos quedamos nuevamente solas, y esta vez, se incorporó en la cama y fue ella quien hizo las preguntas. Me preguntó de mi vida, de cómo estaba en todos los ámbitos y me fue aconsejando en cada uno de ellos....esa sería nuestra última conversación íntima y extensa.  A esas alturas ya mis hijos y sobrinas sabían que su abuela estaba muy enferma, por lo que esa semana también comenzó el largo camino de acompañarlos en su dolor. Pero mi madre seguía presente y acorde a su espíritu, quiso hacerse cargo de cuidar a sus niñas y niño (nietos).  Tuvo la fortaleza de hablar con ellos y explicarles que las cosas no andaban bien y que no sabía qué podía pasar. Se tomó el tiempo y ella misma consoló el llanto de sus niñas…desde su fortaleza, se fue haciendo cargo de cada uno de nuestros dolores. Casi al finalizar esta semana, llegó mi padre a acompañarla, quien se quedó varios días, lo cual le daba la oportunidad de poder seguir en su departamento, antes que tuviésemos que traerla a mi casa. Por otra parte, fue en estos días que coordinamos con mi hermana que se viniera lo antes posible, pues yo temía que su pérdida de memoria aumentara y que ella no la pudiera alcanzar a ver lúcida...insisto, todo pasaba muy rápido. Era un momento en el que ya necesitaba que todos se vinieran....por ella, por mí, por todos.  

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